lunes, enero 04, 2010

En medio de las olas

De pronto, con una fuerza sobrehumana, esa que ostenta la Tierra con una espontaneidad terrorífica, me vi levantada y mecida junto a miles de universos líquidos, de seres azules, de agua y transparencia. Eran curvas, vectores, eran líneas infinitas trazadas desde la eternidad y desde la luna. Arriba el mar, abajo el aire, arriba la arena, y por todos lados, mis propias piernas y brazos, transformados en juguetes de un gigante, contraídos por el frío y la sal, profundos y llenos de imanes minúsculos.

Me entrego. No queda otra opción, más que dejarse llevar. Ya volveré a la playa.

viernes, diciembre 25, 2009

Someone stole my Christmas

Tal vez en una curva del camino,
de la vida,
someone stole my Christmas.

Probablemente la dejé tirada en un rinconcito
y el polvo la cubrió de recuerdos grises.
Es altamente posible
que mi Navidad se haya escondido entre mis sueños,
y entre mis más preciadas ilusiones,
no de bonitos empaques o colores,
ni de regalos costosos
(que realmente no importan)
si no de felicidad, de contento y goce,
segundos muy simples, que incluyen luces,
bolas de colores brillantes,
aves hechas de cristal hace 50 años atrás
pendiendo de la rama de una tradición pagana.
(Esas aves eran objetos preciosos,
colgados con ceremonia)

Someone stole my Christmas,
and now I can't enjoy it anymore.
Faltan muchas personas,
se ausentan las caricias,
una voz me repite cosas tristes,
mientras mi gente duerme bajo una losa
(Ellos hacían mi bella Navidad
en todo sentido, en serio.)

Y lamentablemente,
siento que toda dulzura cae,
presa de una fuerza superior a la gravedad,
dentro de un saco roto,
de bonito rojo aterciopelado.

Someone stole my Christmas.
Y no parece darse cuenta siquiera.


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Lo siento, chicas y chicos. Me he sentido triste durante estos días, la Navidad no significa lo mismo para mí, al menos no como antes. Y no puedo ver el todo con claridad. Un gran abrazo.

martes, diciembre 15, 2009

Un sueño agradable

Estaba en una ciudad pequeña, porteña. Era todo tan azul, que recordaba a ciertas ciudades del sur de Chile, o tal vez más como del Mediterráneo, donde todo está lleno de contrastes cromáticos, bañadas las rocas por un sol fuerte y directo. Había embarcaciones atadas a un muelle sencillo, de madera oscura. Las casas eran pocas, y todas pintadas de blanco o celeste. El verde sólo pertenecía a las plantas y árboles, abundantes y hermosas.

Eso sí, lo mejor del sueño, era su mar intenso, transparente y tibio. Tropical, puede ser. Y era tan sencillo nadar ahí, sin prisa, como saboreando cada momento. Uno podía ver los maderos bajo el agua, las burbujas luminosas, el sol filtrándose desde arriba. Hace mucho que no estoy en contacto con el agua de mar, ni menos con la inmensidad de su azul.

Sin embargo, el sueño tenía un acento de prisa, de deber, como cuando uno va con poco tiempo a un lugar hermoso. Así y todo era precioso. Estaba ahí mi madre, al parecer. Yo sólo recuerdo cómo se veía mi piel bajo el agua, mientras buceaba. Era una niña de nuevo.

lunes, noviembre 30, 2009

Porrazos varios

Lo admito: en muchos sentidos, son una idealista de lo más terca. No me refiero a ese tipo de terquedad conversacional, donde "yo siempre tengo la razón", para nada. Hablo de ese tipo de personas que confía y cree que su entorno no ha cambiado tanto, y que las personas que uno aprecia tampoco, que en el fondo (muy en el fondo) siguen siendo las mismas criaturas que conocí hace unos 10 ó 15 años atrás, qué sé yo.

Sigo siendo una idealista, lo creo y lo observo con un poco de amargura. Tal vez, uno de éstos días deje de ser tan ingenua (porque a veces es ingenuidad, y no idealismo), con tantas sorpresas que se lleva una por la vida. Hace poco, de hecho, me topé con un cambio radical en una de las personas más cercanas que puedo mencionar en mis aventuras. Sin embargo, fue tan radical el cambio, que dio como resultado un salto a miles de kilómetros, y de "cercana" pasó a ser "lejana". Es como si de pronto hubieran cambiado a dicha persona por otra, a la que desconocí. Y eso, sin dejar pasar mucho tiempo entre una reunión y otra.

No quiere decir que yo no cambie. Eso es absurdo. He pasado de ser una persona sedentaria a correr por lo menos dos veces a la semana, y siempre hacer algo de deporte entre medio; de ser carnívora a ser vegetariana; de ser ingenua y pasiva a formarme una opinión formada e informada de lo que ocurre actualmente, y de lo que es la memoria colectiva; a ser responsable de lo que digo en muchos aspectos, y además, a definirme en ciertos sectores, defendiendo lo que creo sin temor a parecer una fanática, y sin cambiar por darle en el gusto a otros. Me he vuelto más compleja, y del mismo modo, humilde y consciente. O al menos eso espero.

Pero es lamentable cuando uno ve cambios más bien negativos en estas personas claves en la vida de cada cual. Hay personas que pueden te pueden influir fuertemente, y cuando esa persona definitivamente ya no es la misma, algo hace click dentro. Algo te dice "Wow, ya no es la misma persona que conociste...¿en qué has cambiado tú? ¿qué vas a hacer?". Yo podría culpar al sistema (laboral, económico, el que sea) de estos cambios, a cosas relacionadas con el trabajo, con el curso natural de los eventos de una vida humana. Y también podría darme cuenta de una vez por todas que si este sujeto cambió tan radicalmente, fue porque así lo quería. Es lógico. Es obvio. Era su objetivo.

Así es: me topé con otra persona, que hasta me intimidó. Fue una actitud particular, aislada, que me dio a entender que simplemente hay una distancia enorme entre ambos, que mi idealismo con esta persona en particular ya no va más, y que las cosas van a ser distintas de ahora en adelante. Lamentablemente.

Como dije, de pronto, el idealismo me va a abandonar, y no habrá más que una suerte de lucidez de sabor ingrato en la boca. Y es probable que yo misma le cause esa misma sensación a alguien más, lamentablemente. Sólo espero poder darme cuenta a tiempo.

viernes, octubre 30, 2009

Un rincón propio

En ese lugar perfecto no caben las miradas ajenas
ahí, calladas y sonrientes las dos,
no entra el odio ni la ira,
porque simplemente se ven repelidos
como si fuera un escudo protector.
Lo que digan otros, lo que piensen otros,
todo eso no existe.

De noche, llegas a mis brazos,
y te oculto con calma,
para sentir el aroma de tu pelo,
y esa respiración deliciosa.
Mis brazos se hacen pequeños
tratando de asirte con una necesidad imperiosa
de hacerte totalmente mía.
La fuerza y el fuego no faltan,
nunca faltan.

Entonces el rincón que siempre te ofrezco
y que siempre me ofreces
se convierte en un templo de tibieza
de luz y de dulzura,
como la miel misma de dulce,
y suave como el toque más profundo.
Todo se vuelve simple
todo, simplemente, es bello.

lunes, octubre 26, 2009

Breve relato: El día en que brotaron flores del pavimento, parte 4 y final

Era como si la calzada se hubiera transformado en un gran pastel, partido por la mitad: el cemento, y la tierra bajo el cemento, estaban destruidos de forma irregular, la calle simplemente no existía más, y menos la estructura normal de la ciudad. La grieta se extendía cruzando grandes moles de edificios, y algunas casas incluso caían dentro, la zanja abriéndose más a cada metro que avanzaba.

Aida miraba todo en forma estupefacta. Las personas comenzaron a salir de sus casas con un asombro auténtico, gritando, murmurando palabras extrañas. Aida creía que era soberanamente estúpido que nadie hubiera oído nada en todas esas semanas, porque desde el fondo de la tierra algo monstruoso parecía querer salir. Los miraba con sorpresa, mientras se arropaba un poco más, en la mañana fría.

La calle terminó de quebrarse con un sonido sordo, al que las personas respondían con un gesto de terror. Los niños se cobijaban en las faldas de sus padres, los ancianos sacaban a relucir su mejor repertorio religioso. Los jóvenes abrián la boca sin decir nada.

Para cuando la pareja de Aida llegó a su lado, presa del miedo, ya se había producido el fenómeno más hermoso de todos, y a la vez, el más espeluznante: unas flores de un color rosa pocas veces visto en la Tierra comenzaban a trepar por las paredes de asfalto destruído, salían como una enredadera en pleno período de reproducción, con pétalos y hojas gigantes, y a la vez, más pequeños. Eran toneladas de una masa rosa, insoportablemente destructiva. Subían por los pocos semáforos que se mantenían en pie, desde allí descolgaban sus zarcillos plenos de brotes nuevos, y las flores continuaban avanzando, en su paso de animal verde, de marcha vegetal alucinante.

Aida se tapó la boca con espanto, y su pareja la abrazó con fuerza. Los edificios y las casas, los autos, todo era inundado por la masa rosada de flores, que de a poco abrían sus corolas, se extendían, se desperezaban, se mostraban al sol naciente. Una a una, comenzaron a mostrar sus pistilos, sus estambres, cada parte de un color rosado distinto.

Y así, de pronto, un perfume delicioso inundó al aire fresco. Cada flor dejaba escapar una esencia invisible, un polvo raro, casi imperceptible. En suma, eran una gran fábrica de perfume, todas al cien por ciento.

Las personas empezaron a tambalearse, sumergidos en un sueño pesado, como una tumba. Cada cual cayó en un momento, los niños, los abuelos, los adultos, todos, dormidos en medio de una cama rosada de flores, la que ahora se extendía por casi toda la ciudad.

La pareja de Aida resbaló por un costado, tratando de resistir al sueño, sin éxito. Pero Aida no. Ella no caía. No pensaba dormir, ni tenía ganas. Las flores eran hermosas. El perfume era perfecto. Era una mañana bonita. Daban ganas de ir de paseo. ¿Por qué no sentía miedo, o tristeza, o desesperación?

Y contemplando el mar destructivo de bellas flores rosadas, Aída estalló en una risa nerviosa, una risa sin comparación, histérica, desquiciada, hasta que se quedó sin aliento.
Era el paisaje más hermoso que jamás había visto.
Ahora todos debían entenderla. sin duda. Ahora todos estaban dormidos.

martes, octubre 06, 2009

Breve relato: El día en que brotaron flores del pavimento, parte 3

"
Pronto Aida comenzó a acostumbrarse. Era extraño pensarlo, y siquiera ponerse a contemplar una vida con un sonido que nadie podía compartir con ella, pero simplemente, era parte suya. Le inundaba el pecho, salía por las puntas de sus cabellos, parecía seguir el latido de su propio corazón, tanto, que cuando su pareja ponía su oído sobre ella, en la cama, y escuchaba ese dulce sonido familiar, por fin eran partícipes del evento extraño. Y cómplices. Aida, entonces, sonreía.

Cada día, durante una semana completa, se volvió más gris que el anterior. Y el sonido no cejó en absoluto. Antes era a momentos, minutos incluso, pero ahora era el día completo, tal vez por eso Aida simplemente se había hecho a la idea de tener que oírlo durante las veinticuatro horas.

Un día, eso sí, tras la semana gris de sonido permanente y de luna ausente, el sonido se volvió más agudo. Aida se despertó alterada, a las 6 de la mañana, con los ojos abiertos como ventanas rotas, sacudió a su pareja, que roncaba sonoramente.

- Déjame en paz...es demasiado temprano.
- ¿No escuchas nada? ¿Nada de nada?
- En serio, estás loca. Déjame dormir.

Aida no soportó la idea de quedarse en la cama con ese ruido infernal. Ya no era grave, era un sonido semejante al que hacen en las carnicerías al cortar huesos de animales, o miles de aullidos al unísono. Era terrorífico.

Con los pies descalzos y apenas cubierta por una polera gigante de color deslavado, Aida salió de su casa, luego del jardín, y pisó la calle áspera. El gato dormía el sueño de los que nada hacen.
El frío le recorrió el cuerpo, hizo que temblara hasta el cansancio.
Pero no importaba. El sonido era cada vez más fuerte, vibraba bajo sus pies.

Aida corrió dando tumbos hasta el borde de la vereda, no pasaban autos a esa hora. El sol era un brillo pálido en el horizonte. Los semáforos mantenían el ritmo, intermitentes, pasando de verde a amarillo, luego a rojo.

Entonces, sucedió lo inexplicable. Y la calle donde ella vivía nunca volvió a ser la misma.

"