martes, octubre 06, 2009

Breve relato: El día en que brotaron flores del pavimento, parte 3

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Pronto Aida comenzó a acostumbrarse. Era extraño pensarlo, y siquiera ponerse a contemplar una vida con un sonido que nadie podía compartir con ella, pero simplemente, era parte suya. Le inundaba el pecho, salía por las puntas de sus cabellos, parecía seguir el latido de su propio corazón, tanto, que cuando su pareja ponía su oído sobre ella, en la cama, y escuchaba ese dulce sonido familiar, por fin eran partícipes del evento extraño. Y cómplices. Aida, entonces, sonreía.

Cada día, durante una semana completa, se volvió más gris que el anterior. Y el sonido no cejó en absoluto. Antes era a momentos, minutos incluso, pero ahora era el día completo, tal vez por eso Aida simplemente se había hecho a la idea de tener que oírlo durante las veinticuatro horas.

Un día, eso sí, tras la semana gris de sonido permanente y de luna ausente, el sonido se volvió más agudo. Aida se despertó alterada, a las 6 de la mañana, con los ojos abiertos como ventanas rotas, sacudió a su pareja, que roncaba sonoramente.

- Déjame en paz...es demasiado temprano.
- ¿No escuchas nada? ¿Nada de nada?
- En serio, estás loca. Déjame dormir.

Aida no soportó la idea de quedarse en la cama con ese ruido infernal. Ya no era grave, era un sonido semejante al que hacen en las carnicerías al cortar huesos de animales, o miles de aullidos al unísono. Era terrorífico.

Con los pies descalzos y apenas cubierta por una polera gigante de color deslavado, Aida salió de su casa, luego del jardín, y pisó la calle áspera. El gato dormía el sueño de los que nada hacen.
El frío le recorrió el cuerpo, hizo que temblara hasta el cansancio.
Pero no importaba. El sonido era cada vez más fuerte, vibraba bajo sus pies.

Aida corrió dando tumbos hasta el borde de la vereda, no pasaban autos a esa hora. El sol era un brillo pálido en el horizonte. Los semáforos mantenían el ritmo, intermitentes, pasando de verde a amarillo, luego a rojo.

Entonces, sucedió lo inexplicable. Y la calle donde ella vivía nunca volvió a ser la misma.

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martes, septiembre 01, 2009

Un epistolario como muchos

Una mujer de edad madura le escribe cartas a otra, en sus años de viajes por el mundo, de premios, de artículos en diarios y magazines, y también en medio de cierta solapada polémica. Una es Gabriela Mistral, la otra es su secretaria. Dicen que sus cartas son profundas, sinceras, llenas de un amor que puede tomarse de mil formas distintas, si uno tiene un criterio relativamente humano. (por acá a un review al respecto)

En el fondo, puede ser un epistolario como cualquier otro, pero en el escenario pseudo conservador actual, ese que se pasea ufano y orgulloso por las capillas y centro sociales de barrio alto, varias voces se levantan con espanto, diciendo que toda la obra de Gabriela Mistral podría irse al tacho por lo que ellos han interpretado como "una orientación sexual diferente". Algunos lo disimulan bien, negando suavemente la obra, o tergiversando su naturaleza transparente.

Resulta morboso, anacrónico y pusilánime, considerar que la obra de semejante creadora nacional pueda verse menoscabada por su orientación sexual. Si su amor, finalmente, fue su secretaria, la joven Doris Dana, bien por ella. Si una mujer que conoció la pobreza, la aridez de las tierras y de la naturaleza humana, finalmente mantiene un amor de esos de cuentos por medio de una serie de cartas, y por qué no, en la vida misma, es una bendición.

En estos tiempos es cuando lo que más importa en una persona es lo que logra hacer con sus talentos, lo que aporta al mundo, lo que deja sobre la faz de la tierra. Si Gabriela Mistral pudo dejar letras llenas de un sentimiento único, si pudo plasmar en sus libros lo que la hacía llorar y reír, y por eso pudo ganarse un Nobel, es suficiente para rendirle homenaje, para estudiarla, para leerla, y soñarla incluso.

Y nada de lo anterior tiene que ver con ser o no ser lesbiana, o gay, o bisexual. Tiene que ver con la calidad humana. Y tiene que ver con la esencia del espíritu que caracteriza a los iluminados de nuestro tiempo.

miércoles, mayo 06, 2009

Breve relato: El día en que brotaron flores del pavimento, parte 2

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La vida de Aida, dejando de lado ese ruido profundo que la dejaba temblando, era de lo más normal. Salía de la ducha lo más temprano posible para no atrasarse, tomaba un desayuno a base de café y pan tostado, su modo de vestir rayaba en el conservadurismo de la clase alta, sin serlo precisamente. Su pareja solía levantarse junto a ella, pero remoloneaba más de la cuenta en la cama, quedándose unos minutos más. Era una mala costumbre.

Sin embargo, para el momento en que debía salir de casa, Aida seguía nerviosa. Se preguntaba a qué hora volvería a escuchar ese sonido, que a veces se presentaba después del almuerzo, en donde ella estuviera, o si de pronto estaba en el baño, el sonido subía justo desde las bases de la oficina donde trabajaba, tan lejos de casa.

Y en el trabajo, no importaba cómo, le sudaban las manos, sentía el ruido hasta dentro de su pecho, y la respiración se volvía algo difícil de llevar a cabo, con el corazón agitado. Era todo un espectáculo.

'En serio,¿no escuchan nada de nada? Si es un ruido tan grave..'
'No, déjate de tonteras, mira que hay tanto trabajo...'

Esa fue la última vez que Aida le preguntó a un compañero acerca del sonido subterráneo que la invadía. Su frustración se convirtió en una especie de sospecha cada vez mayor, ya nadie le iba a creer nada, si seguía diciendo 'tonteras'.

Entonces, no sólo en su casa, si no en la oficina, en la calle, daba igual: el sonido era suyo, era como una cosa propia, era algo que Aida no podría controlar jamás, y que sólo ella podía describir. Era como ver el cielo teñido de rojo siempre.

Como una especie de secreto amargo.

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lunes, abril 27, 2009

Breve relato: El día en que brotaron flores del pavimento, parte 1

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Desde hacía poco, sólo unas semanas, Aida había comenzado a despertarse por unos ruidos poco comunes, subterráneos, como garras de animales feroces, gigantes, como un temblor crujiente y consistente bajo la superficie cotidiana.

En la mañana, Aida despertaba alterada, observando atentamente si dos pisos más abajo el suelo mostraba algún cambio. Y nada, no había nada, excepto un par de perros mordiéndose entre ellos, gente que caminaba hacia el trabajo, autos, buses. Y casas.

El ruido era poderoso. Cada mañana era lo mismo, pero Aida estaba convencida que era la única que lo sentía, su pareja dormía plácidamente, sin escuchar nada, lo que volvía loca a Aida. La ducha no le quitaba esa inquietud, ni la apaciguaba, sino que la dejaba más atenta.

Para ese momento, al salir de la ducha, ya no había ruido alguno. Era todo como siempre. Un perro ladraba a lo lejos, y un bocinazo eclipsaba el sonido perruno.

Por eso, Aida odiaba las mañanas: hacían que se sintiera sola e incomprendida. Era como saber que un desastre se aproximaba, y no poder compartirlo con nadie.
Era como estar en medio de la nada.

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miércoles, marzo 11, 2009

Lugares y momentos para volverse invisible

En medio de la mirada de un gato asustado,
justo debajo del estómago de una hormiga,
entre dos rocas lunares de milimétrica importancia,
en el recodo fundamental del camino de un caracol,
en ese preciso segundo en que bostezas
y al mismo tiempo
brota una lágrima aburrida y solitaria.

Entre los pliegues de los vestidos de un santo
que acaba de ser olvidado por otro creyente,
en ese preciso momento,
en que el silencio se convierte en una realidad infinita,
justo antes de que ocurra un temblor de tierra,
en el espacio que queda entre dos bicicletas
apoyadas sobre una baranda,
cuando empieza a llover sobre el cemento.

Justo en el traspiés de un ministro
(señor de corbata brillante)
frente a otros ministros,
mientras un mozo pestañea y se percata
de que una flor acaba de caer en una mesa pequeña,
mientras dos automóviles compiten en la autopista,
sin percibir el roce de las mariposas en sus retrovisores.

Precisamente en el momento en que la voz
de la persona que amas se convierte en un murmullo sordo,
porque simplemente no puedes estar despierta,
y porque ya sientes que caes y caes,
entre la base sólida de un arcoiris y las alas de un picaflor.
Ahí te puedes volver invisible,
no antes, ni después.

jueves, febrero 12, 2009

Vegetariana, celíaca y casi intolerante a la lactosa ¿qué hago?

¿Cómo fue a pasar eso? Es decir, ¿cómo, siendo yo una carnívora de primera, pasé a ser una vegetariana consecuente? ¿Cómo alguien que se supone de salud "normal" llega a ser celíaca, sin preguntas ni sorteos? Y la tercera, ¿Cómo alguien que toma leche sin problemas como si tomara agua, de pronto puede ser intolerante a la lactosa?

La primera, por opción propia, he de decir. Me he considerado carnívora toda mi vida. Sin embargo, porque mi estómago estaba comportándose muy mal (especialmente cuando comía carne), dejé de comer fibras animales en general, de una manera incomprensible para los que me conocen. No, no es por un tema de vanidad: es por salud y por consecuencia. La carne ya viene con un montón de toxinas generadas por el propio animal, entonces, ¿por qué me voy a comer a otro animal igual de tóxico que yo? No tiene sentido, si además lo que aporta, las proteínas, las puedo tomar de la leche, de los huevos, y la soya, mucho menos tóxicos y complejos que la carne. El cambio no fue difícil, pero sí el tratar de dejar tranquilos a los demás con el tema de la carne, que no me voy a desaparacer por no comer bistecs. Por otro lado, y aunque a mi novia no le guste este fundamento, no puedo querer a los animales con todo mi corazón, si por otro lado me los estoy comiendo. No es consecuente. Me gusta verlos vivos, y no podría comerme a mi perro, por ejemplo. Las vacas no hacen mucha diferencia, ni los pollos, ni los cerdos. Si el resto se los come, bien por ellos, no voy a ir a pararme afuera de sus casas a gritar "¡asesinos!" mientras hacen un asado, porque es absurdo promover un cambio de mentalidad de esa forma. Así que, soya mediante, no pienso volver a comer carne.

Lo segundo, la enfermedad celíaca. No se lo desearía a nadie, ni al peor enemigo, porque es algo bien jodido. En lenguaje normal, es alergia al gluten, pero no con la sintomatología clásica de las alergias, si no que implica un daño profundo en el intestino delgado. El cuerpo reacciona negativamente al gluten, una proteína que contiene el trigo, el centeno, la cebada y la avena, y por ende, cada cosa hecha con esas cosas, desde el pan hasta algunos almidones modificados que se agregan a dulces y miles de otras cosas. Me pillaron justo en la última etapa, "III C de Marsh", lo que indica que tengo que tener una dieta estricta hasta el fin de mis días. Bye-bye cerveza, bye-bye fideos. Tengo que hacerme un montón de exámenes más, pero ya da lo mismo: no puedo comer de una parte importante de los alimentos que hay en el mercado chileno. Si no me cuido, la cosa puede terminar en cáncer y bueno, en ese lío nadie quiere meterse, ¿no?

Y lo tercero, lo más lamentable, pero a la vez casi tratable: por el autodaño hecho al intestino al comer gluten, puede que mi cuerpo no procese bien la lactosa por un tiempo, así que tampoco puedo comer yogurths o tomar leche, cosas básicas en mi dieta. Esperemos que esto se pase tras la mejora progresiva del intestino, claro, si sigo la OTRA DIETA en forma rigurosa.

Al parecer la cosa no se viene simple. Al menos en cuanto al tema celíaco, el costo de la comida sube en forma considerable, y es probable que baje un poco de peso, además de tener que ver la etiqueta de cada cosa que quiera comer. Elisa me ayuda harto con el tema, y mi vieja también, así que hay apoyo de sobra. En la oficina los chicos recién están entendiendo del tema.

Eso sí, lo que yo creo que nunca van a entender mis carnívoros compañeros es el tema de la carne. Bueno, así es la vida: difícil. Y la mía es particularmente verde.

domingo, febrero 01, 2009

Erotica

Vi una sombra,
cerré los ojos,
sentí su textura rozándome,
pude imaginarme la eterna dulzura,
en un parpadear como de colibrí.
Toqué y toqué hasta llegar
donde creí que no iba a volver
una y otra y otra vez.
Todo era una sola cosa:
su pelo, sus ojos, su aroma,
su calor, lo blando de sus pechos,
la curva más precisa,
justo debajo de mi conciencia.
Me hice una con lo que soñaba
y los sonidos se deformaron
hasta convertirse en una masa,
en una nube,
en una sábana arrugada,
en un color indefinido.
Toqué y rasgué y toqué de nuevo
hasta cuando ya no pude hacer más
que respirar profundo
como queriendo atrapar la vida misma
en los pulmones y en la sangre.
Fuimos una, una sola,
porque respirábamos fuego,
porque era la humedad
un estado de complicidad absoluta.
Y sin miedo ni de la muerte,
nos reímos luego,
observando el desorden,
y mirando la hora,
después de ver el placer desatado,
de la forma más hermosa.